El ‘metrico’ de Peñalosa: un alimentador más de Transmilenio.

Manuel Sarmiento

Concejal de Bogotá – Polo Democrático Alternativo

@mjsarmientoa

Después de exponer por todo el planeta, bien remunerado por el ITDP y por organizaciones cercanas a Volvo (http://bit.ly/1St0pnf), que los sistemas tipo Transmilenio son mejores que los metros porque hacen lo mismo pero son más baratos, Enrique Peñalosa quiere pasar ante la opinión pública con un simulado fervor en torno a la construcción del metro de Bogotá.

Además de mostrar maquetas digitales de un metro elevado que no tiene estudios, el Alcalde está presentando la creación de la Empresa Metro como una prueba de que el proyecto “avanza con paso firme”. Sin embargo, los hechos ponen en evidencia que Peñalosa está planeando un nuevo asalto a la ciudad con un ‘metrico’ que, en el mejor de los casos, funcionaría como un alimentador más de Transmilenio, como los verdes, anaranjados o vinotintos.

El metro elevado no tiene estudios, pero Andrés Escobar, gerente del proyecto, asegura que van “a utilizar los estudios de suelo” del metro subterráneo, por lo que la licitación se podría abrir en el primer trimestre del 2017. Esto, además de ser una falacia, es una irresponsabilidad, pues para el metro elevado, como lo señala la Sociedad Colombiana de Geotecnia (http://bit.ly/1qKnx9u),  “será necesaria la ejecución de nuevos estudios de geología y geotecnia”. El ingeniero Mario Torres, expresidente de esta entidad, considera que “se debe caracterizar con mucha rigurosidad todo el terreno por el que debe pasar el metro, lo cual, en la consultoría tradicional, requeriría bastante tiempo”. A pesar de esto, Peñalosa insiste en falsear la realidad afirmando que “los estudios van a quedar listos en pocos meses”.

A tales astucias deben sumarse los conocidos daños urbanos que generan los metros elevados, los que incluso puede volverlos más costosos, como lo señala una investigación del Instituto Tecnológico de Bombay. El gerente del proyecto, Andrés Escobar, en la misma línea de embaucar a los bogotanos, dice que esta será la excepción porque para él un metro elevado “significa tocar sultílmente la tierra” y porque la línea va a ser “alta y esbelta”, como en Vancouver. A pesar de tal esfuerzo poético de Escobar, es conocido por todo el orbe que las estructuras elevadas deterioran el entorno y generan problemas de inseguridad, inclusive cuando se hacen “metricos” como este que se piensa para Bogotá.

La concepción del ‘metrico’ tiene un propósito: volverlo un alimentador más de Transmilenio. Al observarse el nuevo mapa de transporte-movilidad propuesto para Bogotá, el Nirvana de Peñalosa, es evidente que busca reducir la primera línea a la mínima expresión posible y, a contramano,  construir un Transmilenio pesado por la Carrera Séptima, una super-troncal por la Caracas, copar la Boyacá, taponando una eventual segunda línea como ya hizo con la primera, y, en síntesis, como lo ha sentenciado: “Transmilenio  por todos lados” y “buses para los próximos cien años”.  Su verdadera política es la toma de Bogotá por Transmilenio.

Ya habrá tiempo y espacio para hablar, por ejemplo, de la faraónica obra que sería lo de la Séptima (esa sí no le parece costosa) y de sus demás iniciativas en torno a los buses, acompañadas de una perorata anti-trenes a los que ha llegado hasta calificar como “agentes cancerígenos” urbanos. Ese fanatismo no encuentra otra explicación que su estrechísima cercanía con organizaciones financiadas por Volvo, como WRI, dedicadas a promover por el orbe los sistemas tipo Transmilenio como sustitutos de los metros, y con la cual ya firmó un convenio de asesoría para la “sostenibilidad” de la Capital.

Urge que la ciudadanía de Bogotá se unifique en la defensa del mejor metro, que se rechace el ‘metrico’ con el cual Peñalosa hundiría a futuro a la ciudad en un caos infernal, que no pueda repetir la lesión que le infligió en su primer mandato en la Caracas, que se develen sus ocultas  intenciones de sabotear ese justísimo deseo histórico de la ciudad.

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